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Aparte de la devoción a la Virgen del Socavón, si hay algo  en gran medida le da hoy forma al Carnaval de Oruro es su carácter de “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”, otorgado por la Unesco el 18 de mayo de 2001. Todos los entrevistados por La Razón remarcan este hecho: conservar la tradición, no distorsionar los trajes, la danza ni la música, mejorar la organización, incluso ‘reconstruir’ lo original... casi todo para preservar dicho carácter internacional de la fiesta. 

Por eso la “supervigilancia” que ejerce la Asociación de Conjuntos del Folklore de Oruro (ACFO), según su presidente, Jacinto Quispaya; o el rígido reglamento que aseguran imponer los directivos de las diferentes fraternidades a sus componentes, especialmente a los más jóvenes, que mal que bien siempre tienden a poner en cuestión las tradiciones. 

Carnaval de OruroEs la razón, por ejemplo, para que la Morenada Central Oruro Fundada por la Comunidad Cocani (su nombre oficial) reivindique como una “reafirmación cultural”, que hace a lo original, el haber recuperado el pijcheo (el masticado ritual de coca) y la institución del presterío (que una o varias parejas de esposos se hagan cargo de la fiesta), según el caporal mayor, Gerardo Núñez Copa.

Pero con la misma convicción, de estar recuperando la tradición, también habla  el presidente de la Fraternidad Morenada Central Oruro, Hugo Zeballos Álvarez, cuando dice que el preste no es propio de Oruro, sino sólo el “pasante”, un cargo que dura “horitas” y que consiste en pagar la misa de fiesta, encabezar las procesiones llevando la imagen de la Virgen y ‘atender’ a los bailarines con la debida comida y alguna bebida.

Pero también es parte de la tradición a preservar el hecho de que la Central Oruro reivindique incluso el apelativo de q’ara (pelado, blancoide, un insulto en realidad) que recibiera de los fraternos cocanis, allá por los 40, cuando después de haber nacido ambos como una sola morenada, la Central, luego se dividieran en la Fraternidad Central Oruro, por un lado, y la Morenada Central Oruro Fundada por la Comunidad Cocani, por otro; cuando se dividieron entre “los descendientes de cocanis” y los q’aras.

Tensiones. El Carnaval Patrimonio vive en medio de otras tensiones más. Por ejemplo, pese a que uno de los orgullos de la Central Oruro es la masiva presencia de jóvenes, su presidente no deja de alertar de distorsiones propias de la edad: “Hay jovencitos que en vez de bailar el ritmo cadencioso, lento, sublime y elegante de la danza, le ponen como diablada”.

En cuanto a los trajes, también hay cierto parámetro a seguir: hay un traje moreno, se puede decir, clásico, aquel antiguo diseñado por los primeros bailarines.

Los cocanis, por ejemplo, se ufanan de haber recuperado, con base en antiguas fotografías, el denominado “traje ancestro”, más liviano que el actual.

Por la reafirmación de la tradición, con todo, Cocanis y Central coinciden en ácidas críticas a las morenadas paceñas: “Yo no entiendo qué es eso de ‘achachi galán’”, qué es eso de Morenada Intocables, Banda Alcapones, enumera. En suma, Oruro es la pelea por conservar la tradición, y La Paz, la ostentación, dicen.

Otra disputa que deben entablar para consolidar la tradición es la tensión que hay entre la religiosidad, el bailar por devoción y el mero afán de divertirse de mucha gente. Esto se ve en las veladas religiosas, con pocos participantes por lo general; o en que algunos, al finalizar la ‘entrada’, no entren de rodillas al templo, o que pocos asistan a las misas de fiesta, pero sí masivamente a la fiesta posterior.

Un problema adicional del título patrimonial es el número de componentes de cada fraternidad. Según la ACFO, no se debe pasar de 500; pero, reconoce Quispaya, casi nadie cumple esto. Hay el compromiso —señala— de “a mediano plazo” reducir el número de componentes... Pero todos saben que esto es ir contra la historia: sólo una de las morenadas, con casi 1.000 componentes, debió rechazar hasta 500 nuevos postulantes.

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Oruro es la Capital del Folklore, de siete pecados, siete virtudes y siete oficios...

E ntre los historiadores del Carnaval, hay un acuerdo tácito: sus antecedentes se pierden en la “penumbra de los tiempos”, aunque sí es posible hablar de ciertas huellas coloniales y prehispánicas, destaca el antropólogo orureño Marcelo Lara Barrientos. Al margen de esto, sin embargo, existen algunas certezas: que el Carnaval tiene que ver con el ciclo agrícola andino, que la figura del actual diablo católico hace referencia a las deidades nativas supay y huari, cuya representación para los mineros es el Tío.

“No hay diablada posible sin los luciferes”, señala el fundador de la Artística Urus, Damián San Martín Morales, que a sus 70 años sigue bailando en la fraternidad como hace 53 años. Los luciferes son los más antiguos diablos, los que cuidan la tradición, explica.

A ellos les siguen los satanases (segundos en edad), luego la tropa; entre las diablas están las chinas diablas, las diablesas, las doblecara. También son una innovación de la Diablada Urus —dice su presidente, Aldo Villegas— las angelitas,  que representan a las Siete Virtudes, una propuesta que además “aprovecha” que los ángeles no tienen sexo.

En defensa del punto de vista de los jóvenes, el directivo afirma que si bien existe una larga tradición sobre la música, el baile y el traje del diablo, tampoco hay una teoría acabada sobre ello; por lo cual en la Urus los jóvenes constantemente debaten innovaciones de distinto tipo, que, sin distorsionar, hagan más atractiva la presentación: una de estas novedades, por ejemplo, fueron los “botafuegos” (pequeños lanzallamas) incorporados a la máscara del diablo.

Para todas las diabladas de Oruro, afirma, hay un desafío especial: consolidar su autenticidad para mostrarla especialmente en Chile y Perú, donde la danza es la más imitada. A propósito de consolidar el Carnaval, el ministro de Culturas, Pablo Groux, anuncia que para apoyar estas actividades participará de al menos tres de estas fiestas: en La Paz, Oruro y Santa Cruz, según un comunicado oficial.

Entre las “danzas livianas” que participan en el Carnaval de Oruro están los caporales, llameros, tobas, tinkus, entre otros. Entre los tinkus destacan los Tolkas, cuya particularidad es la organización por bloques: los Laymes, Wiñay, Llallagüeños, Laris, Mamalas, Guerreros, Jach’as, Masis, Waynas, Socavón, entre otros, señala su presidenta, Ana María Siles. Junto a los tinkus Jayras (flojos en aymara), uno de sus principales afanes es la búsqueda de trajes típicos, de bayeta de tierra, incluso aquellos que fueran “hechos a mano”, de manera artesanal.

“Los Jayras son más jóvenes que los Tolkas”, reivindica el presidente Jayra, Ángelo Rodríguez, y su mayor empeño es que el tinku no sea distorsionado a través de la estilización de los pasos. “Hay que “volver al verdadero tinku, ¿no ve?”.

Carnaval de OruroEl Carnaval de Oruro es su imagen, y ésta, nada qué hacer, su máscara y su traje. Esta suerte de “discurso visual” también nace de la tensión: el maestro mascarero, René Flores Ordóñez, por ejemplo, se queja de alguna máscara de los morenos Matarifes, agrandada hasta el metro y algo más, cargada de pulpos, godzilas y otros. Los únicos animales son los de las cuatro plagas, insiste: hormigas, lagartos, víbora y el sapo; éstas son las únicas imágenes permitidas.

Por su parte, el bordador Mario Yave Fuentes destaca que el verdadero bordado “es el ‘bordado’, pues”: el trabajo con hilo y aguja antes que la ornamenta de materiales sintéticos pegada al traje. Más bien que la mayoría de los fraternos, por lo menos en Oruro —dice— está empezando a valorar los trajes bordados, pese a su costo con relación a los “sintéticos”. El boliviano que sabe bailar lo hace con traje pesado, no con el liviano. // La Razón


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