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Pedro Domingo Murillo y Salazar es reconocido como héroe mayor de la asonada del 16 de julio de 1809. Sus palabras al momento de enfrentarse al cadalso (la tea que dejo encendida, nadie la apagará...), el 29 de enero de 1810, son un símbolo de la revolución paceña, americana, de la historia. Pero su vida estuvo signada por la controversia y guarda nubarrones que enfrentan a historiadores.

Para empezar, Pedro Domingo no es su nombre, sino Pedro Francisco; no se sabe por qué ni cuándo adoptó este cambio. Tampoco se tiene certeza de la fecha de su nacimiento: mientras la más aceptada señala que vino a este mundo un 17 de septiembre de 1757 en la población yungueña de Suri, otros sostienen que fue un 12 de mayo y que recibió un año más tarde la bendición del agua bautismal en la catedral paceña, un 13 de octubre.

También hay los que dicen que su tierra natal no es Suri, sino Irupana o Nuestra Señora de La Paz. No obstante, hay pruebas de que fue la primera. Allí se encuentra la casona en que habitó su madre, María Ascencia Carrasco, hija de un caballero cusqueño que fue seducida por el seminarista Juan Ciriaco Murillo y Salazar, cuando éste fue contratado por el padre de la joven para oficiar en el pueblo la misa del 8 de septiembre de 1756.

Al día siguiente de nacido, Pedro fue dejado en puertas de la vivienda del ya cura de Irupana. Una corriente afirma que no conoció del amor maternal; aunque otra postula que el niño vivió junto a su progenitora, que aparentó que estaban bajo el cuidado del “tío Ciriaco”. Fue él quien educó al pequeño y hay huellas que hablan de que Pedro pudo ser parte del Colegio Seminarista de San Carlos. De su juventud, poco o casi nada se conoce.
¿Una amante? Mientras estudió Derecho surge otra confusión. Pedro dejó las aulas para casarse en 1878. Aparte, sus enemigos hablaron de un concubinato con una india con la que tuvo varios hijos. Hay historiadores que dicen que Manuela Josefa Olmedo fue su esposa y Manuela Concha y Durán, la amante. Otros plantean que puede tratarse de la misma persona: Manuela Josefa de la Concha Olmedo, a la que llevó al altar.

Paradójicamente, el joven Pedro no era afín a los ímpetus revolucionarios de su época —más aún porque las ideas emancipadoras recién germinaban en el Alto Perú—. Se enlistó en las tropas de la Corona. Fue así que en la sublevación indígena de Túpac Katari y Bartolina Sisa de 1781, figuraba como capitán de la Primera Compañía de Fusileros, al mando de José Ramón de Loayza, comandante de armas de la provincia Yungas.

Unos dicen que sólo se dedicó a trasladar a Cochabamba familias distinguidas de la urbe paceña que escapaban del hambre y el caos provocados por el cerco. Otros, que su papel en la represión fue protagónico: se unió al grupo de José de Reseguín que lidió con las huestes de Katari (que fue descuartizado como castigo), quien le encomendó misiones cruciales como el arresto de los Quispe y otros coroneles rebeldes, y acompañó al militar ibérico Sebastián de Segurola a Palca.

Título fraguado. El sustento para Pedro y su familia provino de su labor como director de ingenios auríferos en Chicani y Yungas, comerciante, procurador o quelquiri, sobre todo luego de que su tía Catalina Phelipa Murillo y Salazar le quitó la herencia de su padre a sus vástagos, en 1785. Según investigadores, perdió el pleito tras dar un paso en falso por razones hasta ahora desconocidas: falsificó su título profesional, un delito que lo obligó a pasar a la clandestinidad.

Su labia y conocimiento jurídico le habían permitido rendir examen ante el mismísimo Fiscal de la Real Audiencia de Charcas y salir airoso. No obstante, no tenía el certificado expedido por la universidad, lo que invalidó su título. Se lo descubrió y acusó; se halló papeles a medio fraguar en el allanamiento a su casa en La Paz. Lo hecho melló su reputación y seguro influyó en sus descargos para contrarrestar el embate de su tía.

Recién en 1789, un año después de que sus hijos resultaron “desheredados”, Pedro fue indultado por y no se sabe cómo logró acceder a ese perdón extraordinario. Tal vez fueron sus contactos, sus amistades o las dádivas económicas. Lo cierto es que desde entonces, tal vez por venganza o desaire con el sistema, dejó atrás su tendencia política y se unió a la causa independentista, en 1798, junto a otro desertor del lado realista: su amigo y ex comandante José Ramón de Loayza.

Tal vez por ello también renunció a Pedro Francisco y se rebautizó como Pedro Domingo, que lideró lo del 16 de julio de 1809, y fue nombrado Comandante de Armas y Presidente de la Junta Tuitiva. Aquel que cuando la revolución agonizaba y sus líderes estaban divididos, intentó transar con el otro bando, armar una contrarrevolución... Aquel que fue apresado por sus compañeros, llevado a Yungas, para luego escapar a Zongo y ser apresado por José Manuel de Goyeneche.

Pedro terminó sentenciado a la horca. Su castigo fue a las ocho y media de la mañana del 29 de enero de 1810. Su cabeza fue clavada en una pica y exhibida en El Alto. Dejó un legado de rebeldía y de ansias de libertad que se expandió y se hizo realidad en Bolivia el 6 de agosto de 1825. Pero para acabar, otro nubarrón señala que Pedro no fue como lo conocemos en retratos, sino rubio y pecoso, otro misterio más de su controvertida vida.
Dos hijos
Pedro Domingo Murillo se habría casado con Manuela Josefa de la Concha Olmedo, en 1778. Fruto de esa relación nacieron al menos dos retoños: Joseph Manuel (1782-¿1809?) y Francisca Paula (¿1783?-¿?). Fueron “deshereados” por su tía.

Julio, 1805 
El primer intento revolucionario estaba planificado para junio de 1805, pero fue descubierto. Murillo fue procesado y logró librarse de los cargos de conspiración.

La tierra del héroe luce dos reliquias de sus padres
Cada vez más gente visita la tierra donde nació el prócer paceño Pedro Domingo Murillo: Suri. El turismo es una de las nacientes vertientes económicas de este poblado yungueño en el municipio de Cajuata, a más de 1.500 metros sobre el nivel del mar. Las comitivas de turistas, universitarios y estudiantes son las más frecuentes en este sitio que se precia de guardar dos reliquias relacionadas con los progenitores del héroe.

Una es la casona donde vivió María Ascensia Carrasco, la madre. Ella era hija de un residente cusqueño, don Sebastián. Habitaban en el inmueble de color blanco que fue restaurado en 1999, que porta un sombrero de tejas y fue declarado patrimonio de Cajuata. Se erige en una esquina de la plaza mayor sureña. En la planta baja alberga una especie de museo.

Para los lugareños, fue allí donde nació el hombre que luego fue llevado a Irupana para vivir junto a su familia. Una escalinata de madera es el camino hacia el piso superior, donde mesa y sillas simbolizan un espacio de reuniones que será el futuro Salón de los Protomártires, donde se colocará los retratos de los que acompañaron a Murillo en el levantamiento de la tarde del 16 de julio de 1809.
la otra joya. Al lado de la construcción está la iglesia de San Juan Bautista, donde el seminarista Juan Ciriaco Murillo y Salazar —que radicaba en Irupana—, dirigió la misa por la festividad de la Virgen de la Natividad, el 8 de septiembre de 1756. Él fue contratado para esa tarea por don Sebastián —quien era el preste mayor de la celebración local—, sedujo a María durante su estadía en la casona y fruto de esa relación nació Pedro.

Los sureños señalan que el altar mayor tallado en madera fue llevado hace más de medio siglo a la iglesia de San Francisco en la urbe paceña; que una de las campanas europeas fue trasladada a la parroquia de Obrajes y que el piano que acompañaba las liturgias radica ahora en la población de Inquisivi. Ahora, son fieles guardianes de este tesoro que, junto a la exvivienda de los Carrasco, son piezas invaluables del reconocimiento de Suri como “cuna de Murillo”.//  La Razón - Miguel E. Gómez Balboa

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