El desgaste generado en la imagen del presidente Evo Morales llega entre noviembre de 2015 y la semana pasada
de marzo a los 21 puntos porcentuales, según una encuesta de Equipos Mori.
Un estudio de opinión pública realizado para EL DEBER reveló
que la aprobación de la gestión del mandatario bajó del 76% al 55% (21%) en ese
periodo, sobre todo después del referéndum.
Además, el rechazo ha crecido 18 puntos, de un 22% antes del
inicio de la campaña por la consulta a un 40% en la actualidad. La encuesta fue
realizada en las tres capitales del eje más El
Alto y Tarija. Se consultó a 1.107 personas y tiene un margen de error del
+/- 2,94%.
En el muestreo también se consultó si la población creía que
Morales decía la verdad cuando hablaba sobre su relación con Zapata y su
hijo.

En el resto de las urbes, entre un 61% (Tarija) y un 73% (Santa
Cruz), opinan que el mandatario no está siendo sincero. También lo ven, aunque
en menor medida, involucrado en una acusación de supuesto tráfico de influencias
con la CAMC. Un 55% así lo afirma, y solo hay un empate en El Alto, donde un 36%
no lo ve implicado y una cifra similar opina que sí lo está.
Motivos para preocuparse
Comparado con Dilma Rousseff, gobernante a la que
rechazan el 90% de los brasileños; o con Michel Bachelet, que acumula un
desgaste superior al 60%, Evo Morales bien podría considerarse en un oasis de
aprobación.
Sin embargo, según explica el politólogo Franz Flores, debería
preocuparse por la tendencia a la baja de su aprobación.
El 55% no es un mal porcentaje, pero hace un año el respaldo a
la gestión del presidente alcanzó el 80%, el más alto de su decenio, incluso más
arriba de lo que llegó luego de la nacionalización de los hidrocarburos.
Flores indica que es igual de preocupante que crezca su
rechazo, y que si el caso Zapata lo sigue golpeando, las curvas de rechazo y
aprobación se pueden invertir. Eso ya le pasó a Evo en 2011, justo antes de la
represión de la marcha del Tipnis.
Luego, su impopularidad rozó el 60%. Tardó un año en revertir
la tendencia y tuvo que poner en órbita un satélite, traer el Dakar a Bolivia y aprobar el doble aguinaldo para lograrlo.
Para el cientista político Carlos Guzmán, el Gobierno acusa una
devaluación moral, que comenzó con las denuncias de corrupción en el Fondo
Indígena y se acentuó con las idas y vueltas del caso Gabriela Zapata, expareja
del presidente Morales, presuntamente madre de un hijo suyo, que gerentaba la
empresa china CAMC, que tiene contratos con el Estado por alrededor de $us 560
millones.
“La gente percibe que Evo Morales sigue manejando el poder como lo hicieron sus predecesores, de una forma patrimonial, que se utiliza el poder público como si fuera privado. Además, hay que recordar que este Gobierno prometía transparencia, instituciones fuertes y control social. Nada de eso se ha logrado. La gota que rebalsó el vaso es el caso Zapata”, explica Guzmán.
Para Orlando Peralta, presidente del Colegio de Politólogos de
Santa Cruz, el mayor reto del Gobierno es que la población está dudando de la
palabra del presidente.
Señala que el caso Zapata se convertió en un hecho mediático y
desde las redes sociales las versiones oficiales generan más dudas que
certidumbre.
Flores añade que la estrategia comunicacional del Gobierno está
fracasando y genera un efecto contrario.
Guzmán agrega que el escándalo Zapata se ha convertido en una
discusión sobre la transparencia del Estado, la credibilidad del presidente y su
vida privada. “Es solo la punta del iceberg. Se está interpelando la autoridad
moral del presidente y del vicepresidente. El tema fue mal manejado por los
voceros”, explica.
El grado de afectación
Si bien es cierto que Evo Morales estuvo con un rechazo
de 20 puntos más alto de lo que tiene hoy y que supo recuperarse, los analistas
ven una diferencia sustancial entre ese momento y el actual. Peralta destaca que
el Gobierno no ha podido recobrar la normalidad, no logra que se hable de obras,
ni de economía, ni de visitas a las poblaciones y el caso Zapata absorbe la
agenda mediática.
Por su parte, Guzmán añade que nunca antes los escándalos de
corrupción habían tocado la figura presidencial, que lo más alto que habían
llegado es a defenestrar a Santos Ramírez.
Cree, incluso, que esto es más sensible ya que toca algo
más: la familia.
Habrá que ver si Morales logra recuperarse de este trance en el
que la población, según Guzmán, lo percibe “como un hombre que no protege a su
familia”// El Deber
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