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Era una tarde soleada y calurosa del verano de Iquique, en Chile. Miles de bañistas tomaban sol en la playa y se refrescaban en las aguas del Pacífico. Jorge Araníbar llegó al hotel donde se hospedaba y decidió descansar en su habitación; estaba seguro de haber superado un episodio de intoxicación con mariscos. Pero no se sentía bien. Se recostó en la cama para recuperar fuerzas; al día siguiente debía emprender el largo camino de regreso a casa y quería estar completamente lúcido y descansado. Su esposa e hijos se fueron a disfrutar del último día de playa que les quedaba. Les deseó que se divirtieran. Eso es lo último que recuerda.

Era el 3 de enero de 2011. La familia Araníbar –Jorge, su esposa Natalia, sus hijos y el abuelo– y un amigo de él junto a su hija y la niñera habían pasado unos días espléndidos en Iquique. Llegaron poco antes de la Navidad, dieron la bienvenida con música, fiesta y fuegos artificiales al nuevo año, comieron y bebieron como se debe, y al día siguiente, el 2 de enero, se fueron todos a una feria de mariscos a comer tanto como pudieran.

Jorge amaneció indispuesto. Esa mañana se quedó con su hijo en el hotel cuando de repente sintió mareos. Le dieron náuseas y escalofríos. Para él, el diagnóstico era más que evidente: se había intoxicado con los mariscos.

Cuando bajó al lobby para pedir un taxi, ya casi no podía mantenerse en pie. Su esposa llegó justo a tiempo para llevarlo a la clínica. Allí lo atendió un médico joven que estaba de turno en emergencias. “Era un jovencito y lo convencí de que me había intoxicado. Él verificó los síntomas y dijo: ‘Sí, está intoxicado’. Me hicieron un lavado estomacal, me pusieron inyecciones y me dieron una receta para liberarme de la intoxicación”, cuenta. Después le dieron de alta y él se fue al hotel a descansar.

En coma

Al regresar de la playa, la esposa y los hijos de Araníbar encontraron el cuarto hecho un caos; parte de la ropa de Jorge estaba desparramada por el piso, parecía que había tratado de vestirse o cambiarse de ropa sin lograrlo. Él dormía profundamente y no despertó ni siquiera cuando le dieron enérgicos empujones. Su esposa Natalia pidió una silla de ruedas para llevarlo nuevamente a una clínica. “Su marido está mal, hay que llamar una ambulancia”, le dijo el funcionario del hotel cuando llegó con la silla de ruedas.

Pero no fue fácil que recibiera inmediatamente la atención médica que precisaba. “Primero, tiene que depositar 5.000 dólares en la cuenta de la clínica”, le dijeron a Natalia cuando arribó al centro médico con su esposo. La cantidad límite que podía sacar al día del cajero automático, sin embargo, era mucho menor. También el amigo de Jorge, Guido, puso a su disposición lo que llevaba consigo. Al volver a la clínica con parte del dinero, Natalia vio que volvían a subir a su esposo a una ambulancia. Sin dinero, no había atención médica posible, así que lo enviaron a un hospital, donde volvieron a decirle lo mismo: depositen 5.000 dólares en una cuenta antes de cualquier atención.

Sin embargo, a esas alturas el estado de Jorge se había tornado tan delicado que finalmente accedieron, en el hospital, a prestarle auxilio. Había empezado a desarrollar una peligrosa hidrocefalia y era necesario drenar el líquido de la cabeza de inmediato. “Me pusieron un tubo desde el estómago hasta el cerebro. Increíble: no sé cómo lo han hecho, pero lo hicieron”, dice Jorge.

Después le informaron a Natalia que Jorge había tenido un derrame cerebral. Estaba en coma. También le dijeron que no tenían la capacidad para seguirlo tratando en Iquique y que debían trasladarlo a Santiago. Los costos del traslado y del tratamiento llegaban a las nubes. “Los médicos no recibían a Natalia porque, como es hospital, los médicos te dan el diagnóstico mientras caminan”, refiere Jorge.

También la esposa de Jorge Araníbar había tenido seis años antes un accidente cerebral, un absceso, a causa del cual había caído en coma. “Ella entró en coma en noviembre y salió en enero, y yo caí en enero, seis años después”, dice Araníbar.

Natalia logró comunicarse con Bernardo de Ferrari, el neurólogo que la había atendido. Le explicó lo mejor que pudo lo que había sucedido con su marido y De Ferrari se ofreció a viajar desde La Paz a Iquique.

Cuando examinó al paciente, el médico informó a la familia que sí podía tratarlo en Bolivia. También los costos de un traslado a Bolivia eran elevados, pero la familia decidió que Jorge Araníbar -Oso, como le dicen de cariño- retornara a La Paz.

Ni bien se supo en La Paz lo que había sucedido con la familia Araníbar, la gente, familiares e incontables amigos empezaron a movilizarse. Trascendió la noticia de que era necesario recaudar fondos para contratar un avión-hospital. Algunos amigos de Santa Cruz hicieron los contactos pertinentes y ubicaron al dueño de un viejo avión carguero que les dijo que la idea de traer a Araníbar en su avión estaba muy lejos de ser descabellada. “Se lo acondiciona nomás”, sostuvo y les explicó la operación que debía realizarse para convertir el destartalado carguero en un práctico avión-hospital.

Jorge no deja de reír cuando cuenta la anécdota de sus amigos empeñados en mandarle un avión para traerlo de regreso, pero se pone serio al asegurar que fue la ayuda que recibió de ellos la que le permitió volver a casa. Araníbar estaba sumido en un coma profundo.

En medicina, el coma es un estado severo de pérdida de conciencia, que puede resultar de una gran variedad de causas, entre las cuales están las intoxicaciones por drogas, alcohol o tóxicos.

De regreso a casa

La gente empezó a hacer rifas, misas, almuerzos y toda clase de eventos para recaudar fondos destinados a la repatriación de emergencia, y finalmente Jorge Araníbar regresó a Bolivia. Tampoco fue un viaje sin percances, ya que el avión-hospital contratado –y no el carguero adaptado– había sido diseñado para volar y aterrizar a no más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, pero el aeropuerto de El Alto excede ese límite.

“Ha aterrizado raspando –comenta Araníbar– pero aterrizó. Fue el viaje más caro de mi vida y ni siquiera lo disfruté”, dice con ironía.

En la clínica le dieron la misma habitación que había ocupado su esposa años atrás. “Todos los médicos y enfermeras me conocían, sólo que ahora yo estaba del otro lado. ¿Cómo es la vida, no?”, opina.

Empezaron a tratarlo por el derrame cerebral que había sufrido, pero entonces los médicos se dieron cuenta de que tenía algo más: se había contagiado de una bacteria hospitalaria en Chile y era imposible tratar el problema del derrame sin antes erradicar el peligroso microbio.

Lo aislaron para que no contagiara a los demás pacientes ni propagara la bacteria e hicieron todo lo que estaba en sus manos para salvarlo. “No podían moverme, me alimentaban por sondas y al tratarme por la bacteria mis defensas bajaron; entonces, me dio meningitis; me pusieron sobre una cama de hielo, porque la fiebre empezó a subir y había que evitar que me hierva el cerebro”, afirma.

Su vida pendía de un hilo. Mientras tanto, los amigos seguían organizando eventos. “Hicieron rifas en La Paz, en Santa Cruz, en Cochabamba, en Tarija, en Beni y también ayudaba gente del exterior. He estudiado en cuatro colegios y en cinco universidades. Lo de los colegios ha sido por flojo, pero soy muy amiguero y tengo amigos en todo lado”, señala.

Un grupo de Santa Cruz organizó un evento en el bingo de esa ciudad. “Estaba repleto, no entraba ni un auto más en el estacionamiento”, dice. La iniciativa para ayudarlo se replicó también en La Paz. Los hijos de Jorge asistieron a uno de esos eventos en La Paz y se conmovieron por las muestras de afecto y solidaridad que recibieron de tanta gente. “Y mientras tanto yo dormía”, dice Jorge.

“¡Tráiganos unos whiskies!”

Jorge no sabe exactamente cuándo salió del coma, pero era alrededor del 15 de marzo. Es decir, estuvo casi tres meses en coma. Sólo sabe que despertó, aunque se le “borró” el periodo en que estuvo en coma. “¡Tráiganos unos whiskies!”, le ordenaba, en broma, a la enfermera cuando alguien lo visitaba.

Poco a poco fue recuperando la conciencia. Recuerda un callejón frente a la clínica que le causó un extraño temor. Recuerda la voz de su esposa, contándole lo que había sucedido. Pero también se le colaron en la memoria cosas que jamás existieron. La casa en la que vivía tenía tres pisos, pero al volver del coma estaba convencido de que eran cuatro en lugar de tres. Estaba seguro de que había un piso más, donde había una inmensa biblioteca. “¿Y dónde está la biblioteca? ¡Nos han robado un piso!”, sostenía.

El día que salió a dar una vuelta por San Miguel y sintió un insospechado pavor al ver tantos autos y tanta gente, al sentirse incapaz de cruzar la calle, supo que lo que le había sucedido era grave.

Se sentaba frente a la computadora, sabía que se trataba de una herramienta de trabajo, pero no tenía idea de qué tipo de herramienta era ni cómo funcionaba. Entonces, se ponía a llorar amargamente. Se sentía completamente indefenso.

Pero también empezó a descubrir nuevamente las cosas bonitas de la vida, cosas que hasta entonces no había sabido apreciar. “Mi dormitorio tiene una vista hermosa y veía los cerros que antes no me gustaban. Los miraba uno a uno. Veía el cielo que aquí es tan azul o miraba, por ejemplo, una flor y me parecía hermosa. Estaba haciendo mis primeras experiencias de disfrutar cosas que antes pasaba por alto”.

Volver a empezar

Pronto se sumió en una depresión. Le decían que le habían dado una nueva oportunidad en la vida y que estaba aquí para algo muy grande. “¿Qué es eso que es grande y para mí?”, se preguntaba sin encontrar una respuesta.

Recibió tratamiento psicológico, volvió a estudiar, retomó una maestría que había dejado a causa de un viaje y, paso a paso, volvió a ser otra vez casi el mismo que había sido siempre.

“Me he reinventado. Y creo que me he vuelto más sensible que antes con la gente, dialogo más. Antes no tenía paciencia, ahora soy muy paciente. Hay una frase que dice ‘si te lo imaginas, lo puedes hacer’, y eso es lo que hago; con buen humor y pidiendo ‘por favor’ se consiguen las cosas”, asegura.

Algo que aún hoy lo emociona es la solidaridad de sus amigos, de toda la gente que se movilizó para ayudarlo, de aquellos que no dejaron de visitarlo y que no permitieron que estuviera solo ni un instante. Pero también se siente bien consigo mismo, porque piensa que si recibió tanto apoyo es porque, hasta ahora, seguro que hizo las cosas bien.// Página Siete


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