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Como cualquier otra persona, Augusto Robles siempre lleva consigo una mochila o un maletín cuando va a trabajar. Pero a diferencia de un abogado, ingeniero, médico o mensajero, en lugar de documentos o una computadora y además de una agenda y una libreta de anotaciones, lleva en su maletín ropa y algunos accesorios. Cambiar de atuendo, de “look”, en el momento preciso puede ser fundamental. Siempre está de incógnito. Su trabajo consiste, muchas veces, en seguir a personas, sin que éstas se den cuenta. Es detective privado.

“Si la persona a la que uno está siguiendo tiene algún movimiento extraño o si sospecho que podría darse cuenta de que está siendo seguida, me saco la chompa, me pongo una chamarra, unos lentes, una gorra y soy otro”, afirma.

Trabajos en BoliviaAugusto se ocupa de investigar toda clase de misterios y secretos; además de infidelidades, se dedica a buscar a personas desaparecidas o a esclarecer crímenes. Accedió una entrevista con la revista Miradas, aunque prefiere mantener su nombre verdadero en reserva. Después de muchos intentos, es el primer detective en aceptar ser entrevistado.

“¿Y yo qué gano?”

“Usted gana si le facilitamos el contacto con uno de nuestros detectives, nosotros no ganamos nada, ahórrese el trabajo de venir hasta nuestras oficinas”, me dicen con frialdad en una oficina que ofrece “divorcio fácil” y donde pedí que me facilitaran una entrevista con sus detectives.

El abogado penalista Francisco Zapata que, como casi todos los juristas, trabaja con detectives privados, con “investigadores”, promete hacer el intento de conseguir una entrevista. “Imposible”, asegura unos días después. “Los detectives hacemos hasta cosas ilegales para obtener información; nunca hablaría con nadie que no sea realmente un cliente sobre lo que hago y menos con la prensa”, le contestó el detective ante la solicitud de una entrevista.

“Nos encontramos en un café”, dice Jonás (nombre ficticio), otro detective contactado por la revista Miradas, pensando en que se trata de una cliente. “Estaré con una gorra verde”.

Pide 2.500 bolivianos por seguir a una persona a lo largo de dos semanas, descubrir a dónde va, qué hace, con quién se reúne. En la mayoría de los casos no lo contratan para descubrir infidelidades, sino para encontrar a gente estafadora que dio un “golpe” y después desapareció, y también a adolescentes cuyos padres sospechan que podrían haber caído en la drogadicción; a veces, para buscar a personas desaparecidas.

“Una vez se habían entrado a robar a la casa de una señora mayor y la señora había desaparecido. Lo primero que hice fue registrar la casa. La sorpresa fue que la señora sí estaba en su casa, pero muerta”, cuenta. Los ladrones la habían asesinado y habían dejado el cuerpo en un sitio poco visible. Ni la Policía ni los familiares la habían encontrado.

Cuando se trata de obtener información sobre alguien, lo primero que se hace es conseguir, además del nombre, el número de carnet de identidad. “Para conocer todos los datos de una persona, sólo hace falta saber su nombre y su número de carnet de identidad”, dice Jonás. Pero esos datos no se revelan con facilidad, ¿cómo lo hace?, preguntamos. Jonás no responde; sólo sonríe sin despegar los labios. Se nota que tiene experiencia. Observa su entorno en todo momento. Sabe que en la mesa de al lado una señora de saco beige ha pedido un capuchino y que mira su reloj con nerviosismo; al frente están sentados dos hombres; uno con lentes y boina, el otro con una chamarra azul. No se le escapa un detalle, observa al tiempo de conversar, como quien no hace nada.

“¿Podrías dejar de ser detective cuando estás con nosotros?”, le piden sus hijos cuando sale a algún sitio con ellos. Para ser detective ha tomado diferentes cursos que alguna vez fueron impartidos por la Policía y otras instituciones.

Los casos de infidelidad

Augusto Robles es muy cauteloso a la hora de aceptar los casos de infidelidad. “No todos están preparados para recibir una noticia así. Hay gente que hasta puede cometer un crimen, matar a su pareja o suicidarse. Lo primero que hacemos es aconsejar a la persona que tome un abogado en caso de descubrir un engaño y que deje las cosas en manos de la justicia”, explica.

“Tuvimos una experiencia un poco complicada una vez. Un hombre nos contrató para seguir a su mujer; le entregamos las pruebas de la infidelidad: fotografías y una filmación. Al tiempo nos llegó una citación para declarar ante la Corte. El hombre había acuchillado a su mujer, ella sobrevivió y lo acusó de tentativa de homicidio. Lo primero que hizo él fue revelar que nosotros le habíamos dado la información sobre la infidelidad”, rememora. Por lo general, son hombres que hacen seguir a sus mujeres. Y según este detective en el 50% de los casos no existe infidelidad alguna. “La gente imagina muchas cosas que no son ciertas; son maquinaciones que no tienen nada que ver con la realidad”, agrega.

A pesar de los problemas y contratiempos, para Augusto hacer su trabajo es divertido. “A veces hay que correr o ir muy despacio, hay que disimular, esconderse detrás de un árbol, como en las películas”, dice riendo. Al ser momento de ser contratado, Augusto hace múltiples preguntas, necesita toda la información posible sobre la persona a ser seguida. Averigua detalles sobre su personalidad, necesita saber si es alguien distraído. “Hay gente que te ve una vez y si te vuelve a ver unos días después te reconoce. Pero la gran mayoría ni se da cuenta de que está siendo seguida. Haga de cuenta un día que sigue a alguien. La gente no suele darse la vuelta en la calle, no presta atención”, afirma.

Augusto es ex policía. Trabaja con otros tres jóvenes: un abogado y dos policías. Cuando siguen a alguien, lo hacen entre dos, en carro y a pie. Por un trabajo de 12 días pide 500 bolivianos. Los únicos casos que no acepta por ningún motivo son los casos de narcotráfico, pues considera que es algo demasiado peligroso.

Buscando personas

Los casos de gente desaparecida son muchos.

“Hay mucha gente que se va de su casa, jóvenes que se escapan o hasta gente mayor que decide irse. Hace algún tiempo una señora que padecía una enfermedad terminal desapareció. Su marido sabía que ella estaba desahuciada, pero sus cuatro hijos no. La familia dio parte a la Policía, pero no sabía dónde empezar a buscar. Pensaron que se podía haber suicidado, pero el cuerpo no aparecía. Lo primero que hicimos fue ir a la Terminal de Buses. No fue fácil, porque al día deben salir por lo menos unas 40 flotas de la ciudad. Revisamos las listas de pasajeros y ahí estaba el nombre. La señora se había ido a Cochabamba. Justo entonces el esposo se acordó que, poco antes de desaparecer, su mujer se había encontrado por casualidad con una amiga del colegio a la que no había visto en muchos años. Se acordaba del apellido de la mujer y del pueblo en el que vivía: Arque. Nos fuimos a Arque y ahí estaba la señora, en casa de su amiga, a dos cuadras de la plaza del pueblo. “No quiero que sufran al verme enferma y cuando muera”, les dijo la señora a su marido y a sus hijos. Fue muy emotivo. “Más estamos sufriendo sin ti. Vámonos a la casa”, le contestaron.

Historia de dos joyeros

El último carnaval los servicios de Augusto fueron solicitados por un acaudalado joyero de la cuidad. A él no le gustaba bailar y menos en carnavales. “Entonces, bailaré sin ti”, le dijo su esposa, una mujer de pollera, joyera como él.

El entusiasmo con el que su esposa iba a los ensayos de la comparsa y la frecuencia con que salía hasta altas horas de la noche despertaron las sospechas del joyero. Contrató a Augusto y a su equipo. Fueron a los ensayos con el pretexto de estar interesados en participar. Averiguaron el nombre de quien bailaba con la esposa del joyero. “Todos sabían que estaban juntos”, comenta Augusto. Les sacaron fotos. Una de las pruebas es una foto en el día de la entrada. La mujer, sonriente, va de la mano de un hombre enmascarado, un chuta. “Le dijimos al joyero que arregle las cosas como es debido, que vaya a un abogado, a la Defensoría, pero que no haga nada insensato. ‘La voy a botar de la casa’, dijo. No sabemos si lo habrá hecho”, dice.// Página Siete


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