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(Bolivia informa).- El 2 de diciembre de 2009, el presidente Evo Morales le dijo al país que estaba preocupado por los periodistas bolivianos. “No sé cómo hacerlos liberar. Tal vez haciendo huelga de hambre para liberar a los periodistas que son instrumentos de la derecha. ¿Cómo puedo conseguir trabajo para todos? Así pueden venirse a trabajar (con el Estado) y no estar al servicio de la derecha para hacer daño a Bolivia, a la patria, a los bolivianos”, señaló con tono mesiánico.

En los tres años de gobierno que el mandatario ya llevaba hasta entonces, la prensa nacional había recibido numerosos improperios, insultos, amenazas y hasta humillaciones en las conferencias que el presidente convocaba en Palacio de Gobierno o cuando había que hacer coberturas en otras circunstancias.

Morales dijo que los periodistas éramos sus enemigos; le informó al Consejo de Derechos Humanos de la ONU que los pedidos de libertad de expresión le daban risa; le pidió a la Sociedad Interamericana de Prensa que eduque a los comunicadores bolivianos para que lo respeten; afirmó reiteradas veces que en Bolivia había demasiada libertad de expresión; y hasta nos comparó con una granja de pollos.

En uno de los momentos de mayor tensión, el cocalero decidió que no atendería a la prensa nacional y que solo respondería a los periodistas extranjeros acreditados en el país. El ultraje era tal que llegó a acosar a mujeres periodistas y les advirtió que las llevaría a trabajar como sus cocineras, como se lo dijo a la reportera Nancy Vacaflor, de la Agencia de Noticias Fides.

Las preguntas de los colegas sobre hechos de corrupción, sobre las violaciones del régimen de Morales a los derechos humanos, o sobre sus exabruptos y escándalos sexuales incomodaban demasiado. Tal vez no todas las interrogantes eran hechas con el mismo tono que el periodista mexicano empleó para arrinconar hace un par de noches a la diputada masista Susana Rivero, en CNN; pero la prensa boliviana intentaba cumplir su función con mucho sacrificio y eso al masismo le molestaba. En el libro Evadas, ilustramos el desprecio de Morales hacia el periodismo nacional con la imagen que acompaña este post.

Para contrarrestar a esos enemigos, Morales comenzó por potenciar los medios de comunicación estatales que ya tenía a su servicio: convirtió a la Televisión Boliviana (TVB) en su canal personal (lo usó para transmitir los partidos de fútbol que jugaba); se hizo regalar otra estación televisiva con el régimen iraní; compró una enorme imprenta y la instaló en El Alto, y articuló una poderosa cadena de radios para que hablen bien de él, la red Patria Nueva. El insaciable ego del presidente precisaba, sin embargo, más adulos, más espejos que lo endiosen y que le repitan, ad infinitum, que no había nadie mejor que él para conducir al país.

El siguiente paso fue concretar el anhelo de poner a todos los periodistas bolivianos a trabajar para él (no para el Estado), así que se dio a la infatigable tarea de comprar todos los demás medios audiovisuales, radiofónicos e impresos del país, utilizando para ello a palos blancos, o sea, empresarios proclives al gobierno. De esta manera, Morales logró hacerse del control editorial e informativo de importantes redes multimedia, proceso que el periodista Raúl Peñaranda describe con lujo de detalles en su libro Control remoto. Con esta movida y otras negociaciones más directas con algunos periodistas, que se convirtieron en sus mercenarios de la información, el masismo logró acallar las voces cuestionadoras de varios colegas que en algún momento fueron referentes en la generación de corrientes de opinión. Demás está dar nombres, todos sabemos quiénes son.

Los contenidos de esos medios entonces comenzaron a cambiar, así como sus pautas publicitarias que poco a poco se llenaron de spots y cuñas de diferentes empresas estatales (ENTEL, YPFB, BOA, ANH y de muchos ministerios). Los cuestionamientos al gobierno comenzaron a bajar de tono, las preguntas a las autoridades pasaron a ser filtradas por los asesores de los entrevistados, los temas relevantes fueron llevados a segundo plano y también se produjo la renuncia de reconocidos presentadores y periodistas que por ética profesional prefirieron no prestarse al juego.

Los medios, que Peñaranda describe como “paraestatales”, no fueron los únicos que recibieron beneficios. El gobierno del MAS también destinó importantes recursos a las organizaciones gremiales de la prensa, a las que les construyó lujosas sedes sindicales y a las que dividió creando dirigencias paralelas.

Por supuesto, no todos los medios tranzaron, ni todos los periodistas vendieron su reputación. La integridad e independencia tuvo un precio demasiado caro para muchos, como es el caso de la periodista Hanali Huaycho Hannover, asesinada en septiembre de 2013 por el policía Jorge Clavijo Ovando, su marido y miembro de la Unidad Táctica de Articulación, Reacción y Control de Crisis, UTARC, dependencia responsable del operativo en el hotel Las Américas y cuyo montaje, presumiblemente era de conocimiento de la comunicadora. Había que silenciarla. Ese mismo año, Morales declaró que en el país ya solo quedaba un 20% de “medios opositores”.

Los periodistas que continuaban trabajando sin yugo, los que no terminaron como relacionistas públicos del régimen, fueron atacados ferozmente. Algunos tildados de “prochilenos”, otros vinculados al narcotráfico y los medios en los que trabajaban fueron presionados para que sean despedidos o cerrados sus espacios de producción independiente, tal como ocurrió con Carlos Valverde, Amalia Pando, Wilson García Mérida, Andrés Gómez Vela, John Arandia, Juan Pablo Guzmán, algunos de los hombres y mujeres de la prensa boliviana que han resistido estoicamente todos estos embates, que incomodan con sus preguntas, que no hipotecaron sus nombres ni sus trayectorias profesionales.

La prensa boliviana tiene en su historial muchos ejemplos de valentía. No es justo denostarla por lo que hizo Del Rincón. Estoy más que seguro que él no tiene la misma presión que recae sobre los hombros de sus colegas bolivianos. Censura, autocensura, dificultades económicas, limitado acceso a las fuentes, a la información pública, a la torta publicitaria, son el pan de cada día de la prensa nacional.

La periodista Ximena Galarza, que a través del canal de la Universidad Mayor de San Andrés dio la primera alerta sobre las evidencias del presunto fraude electoral perpetrado el pasado 20 de octubre; el dos veces ganador del premio Rey de España, Roberto Navia, que expone su vida en sus peligrosas misiones de periodismo de investigación; o los quince periodistas que ya sufrieron diferentes tipo de agresiones y hasta lesiones en medio de la convulsión social que vive el país en estos momentos, son solo algunos botones de muestra del compromiso de muchos hombres y mujeres de la prensa en la búsqueda de la verdad, aunque sus voces no tengan la rimbombancia del mediático periodista mexicano que todos admiramos en estos momentos.

En Bolivia no hay demasiada libertad de expresión, como el presidente cocalero aseguró en Viena, en 2012; por el contrario, está cada vez más debilitada, vulnerada, como lo están también otros pilares de la democracia: el voto popular, la independencia de poderes y el derecho al disenso y a la protesta. Esta es otra de las poderosas razones por las que la prensa boliviana y todo el país debe más bien liberarse de la dictadura de Evo Morales.//Alfredo Rodríguez Peña, escritor y periodista

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