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Audaz, así como había sido bautizado el primer automóvil que llegó a Santa Cruz de la Sierra, el 25 de septiembre de 1919, así fue calificada la travesía que recorrió Ángel Sandóval Peña, procedente de Puerto Suárez, en compañía de su pequeño hijo, Hugo Sandóval Saavedra, del soldado Luciano Correa, y del mecánico estadounidense Freddy Mooddy, para pasear un motorizado por primera vez por las polvorientas y casi intransitables calles capitalinas.

Precisamente se cumplen hoy los 100 años de la hazaña de Sandóval para poner en el mapa de los viajes del mundo a la pequeña ciudad oriental, donde hasta finales de la segunda década del siglo XX sus habitantes no habían visto directamente un vehículo motorizado, pues solo conocían las bondades de los carretones cansinos que eran jalados por pachorrientos bueyes.

Fue por ello que Sandóval, un sobresaliente abogado y explorador del territorio cruceño, que tres años antes, el 25 de octubre de 1916, había fundado Roboré, en su calidad de delegado nacional en el Oriente, en Puerto Suárez, adquirió un auto, marca Ford Voiturette en Buenos Aires, Argentina, cuyo fin era trazar una extensa senda en el casi deshabitado territorio chiquitano.

Anticipándose a los inconvenientes, Sandóval mandó con anticipación al intendente Rodolfo Roca, de San José de Chiquitos, varios tambores de combustibles en dos carruajes.

Al tratarse de un terreno arenoso, a veces fangoso y lleno de espinas, el inquieto explorador mandó forrar las frágiles llantas del automóvil con cuero de novillo, para evitar la penetración de espinas.
Además, para ensanchar la brecha se tuvo que recurrir al incendio controlado del bosque enmarañado, dejando tras de sí un camino que luego sería la vía integradora de los pequeños pueblos como Yacuses, El Carmen Rivero Tórrez, Tuná, Santa Ana, Tucabaca, Roboré, Chochís, San José de Chiquitos, Pozo del Tigre, Tres Cruces, Cañada Larga, Pailón, Paila y Cotoca.

Monte Grande
En sus notas, que luego publicó en la revista de la Sociedad Geográfica de Sucre, Sandóval anotó que el mayor obstáculo del extenso viaje era el tramo conocido como Monte Grande, entre la quebrada Tucabaca y el Río Grande, de unos 200 kilómetros, pues estaba infestada de animales salvajes y de tribus de indígenas poco amistosas.

“Planificaron hacer guardia dentro del automóvil, con armas de fuego para repeler los posibles ataques de los nativos, o para ahuyentar a los felinos, para ello encendían una gran fogata que alumbraba las noches oscuras”, refirió Ángel Sandóval Ribera, nieto del expedicionario.
Luego de 25 días de agitado viaje, pues habían partido de Puerto Suárez el 31 de agosto, el 24 de septiembre llegan al Río Grande, donde fueron acondicionadas dos pequeñas chalanas en las que cruzaban ganado, hasta llegar a la orilla izquierda, en Paila.

Recibimiento
Así como en Puerto Suárez la pequeña comitiva fue despedida por el alcalde Elías El Hage; el cónsul argentino, Alberto Bress; el gerente de la Casa Zeller, Emilio Zeller; la maestra Luciana Áñez de Saucedo y los habitantes de la localidad; en Santa Cruz de la Sierra, en la entrada de Cotoca esperaban José Benjamín Burela, presidente de la Sociedad de Estudios Geográficos e Históricos; y Rómulo Mercado, del Club Gimnasia.

En la ciudad, luego de ingresar por la calle Sucre, en la plaza principal, al atardecer les dieron la bienvenida el prefecto, Rómulo Justiniano; el obispo, José Belisario Santistevan; y el director de Colegio Nacional Florida, Guido de Chazal.// El Deber











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