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Toda una travesía para la extracción de materia prima está detrás de la fabricación de sikus, quenas o zampoñas usados en la música tradicional, eso junto al impacto ambiental, la presión del consumo y el tejido de amplias redes sociales.

Así lo plantea Sebastián Hachmeyer, especialista en sociología ambiental y ecología humana, que se encuentra en su investigación de primer año de doctorado en etnomusicología en la Royal Holloway Universidad de Londres.

Hachmeyer ha identificado, en La Paz, cuatro lugares donde los luriris (fabricantes de instrumentos) se especializaron a partir del siglo XX en el abastecimiento de materia prima: Yungas de La Paz (Nor Yungas, Sur Yungas e Inquisivi), Alto Beni (Caranavi), el Valle de Zongo y el Valle de Sorata. Allí los bambúes crecen de forma silvestre.Costumbres bolivianas

El centro de fabricación es Hualata Grande, un lugar único a nivel nacional e internacional que concentra a familias productoras de instrumentos musicales de la región andina.

“En el transcurso de siglo XX se ha diversificado el mercado, hubo migración de los hualateños a la ciudad y entraron más hacia Yungas, Alto Beni y Zongo. En esos tres lugares, el bambú no juega un rol importante en sus economías locales”, dice Hachmeyer. La chhalla y el tuquru (tokoro) son dos tipos de bambúes que se extraen.

La competencia de los cultivos de coca y, en menor medida, el café o cacao ha hecho que el bambú sea inalcanzable para los luriris. La paradoja es que en los lugares hasta donde sí han llegado también ha habido una sobreexplotación del vegetal, que no es cultivable sino que se encuentra en estado silvestre.

“En Alto Beni, he viajado a Santa Ana de Mosetén, donde los luriris de Hualata Grande se abastecían de chhalla para sikus. Ahí he visto una planta gigantesca de tuquru (tokoro) que normalmente crece en laderas orientales de Yungas. Los lugareños dicen: sí, hemos trasplantado de Yungas. Se puede hablar de una primera forma de cultivar”, dice Hachmeyer.

Economía

El otro aspecto de la fabricación de instrumentos es el económico. El trabajo de los luriris está devaluado y los propios músicos regatean fuertemente el precio de los productos. Un balance de costos hecho por Hachmeyer muestra que el siku tiene un precio de entre 14 y 15 Bolivianos, y los materiales de fabricación pueden llegar a costar entre 10 y 12. Por tanto la ganancia de los artesanos y el valor de su trabajo están desvirtuados.

El hecho es que las políticas de fomento a la música tradicional (especialmente en el sistema educativo) y el boom de la música andina en el exterior de país, que se dio desde los 80, ha ejercido una presión en el mercado, demandante de instrumentos musicales de viento.

“Es muy difícil cuantificar, pero lo que los luriris me han dicho es que cuando se han abierto los mercados urbanos e internacionales, también se ha multiplicado el número de luriris”, dice.

En los últimos años han comenzado a abrirse otras zonas de abastecimiento de bambúes. La franja yungueña que va hasta Santa Cruz o el bosque Tucumano de Bermejo son zonas con presencia de bambú donde se han formado redes de parentesco, iguales a las de los luriris.

El Norte de La Paz es, sin embargo, un lugar aún no explorado por su inaccesibilidad y por los peligros del monte (animales silvestres como los osos jucumari que se alimentan de los retoños).

Un adelanto de los hallazgos de Sebastian Hachmeyer se podrá conocer en la Mesa “Entre los caminos del bambú y la caña hueca. Desde la diversidad biológica acústica hasta su uso musical y no musical”, que se realizará en la Reunión Anual de Etnología, el viernes 25 de agosto, en el Museo de Etnografía y Folklore (MUSEF).// PIEB


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