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El mundo sigue acaso tan injusto y desigual como cuando Mafalda nació -hace justo 50 años- y aunque ella ya no está presente para retratarlo con su irreverencia, su potencia discursiva sobrevive como un mojón que suma legiones de lectores con cada nueva edición de sus tiras y obliga cada tanto a su creador, el humorista Quino, a imaginar qué banderas levantaría hoy su inolvidable criatura.

"¿Qué diría Mafalda de...? No empecemos con estas cosas, por favor", advirtió socarronamente Quino a los interlocutores de la conferencia de prensa que ofreció en la última Feria del Libro, aunque pronto olvidó el componente paródico de su frase y terminó embarcado en la idea: "Diría lo mismo que dijo siempre, no ha cambiado mucho la situación, seguimos cometiendo torpezas económicas y sociales, el surco entre ricos y pobres es cada vez mayor. Me parece una barbaridad".

La huella de este ícono de la rebeldía ha resultado tan decisiva, tan maleable a significaciones y públicos tan diferentes, que las cada vez más espaciadas apariciones del dibujante terminan convertidas en un espacio donde la niña retorna escuetamente encarnada en las pacientes formulaciones de su creador, que para satisfacer a su público se permite fantasear sobre las obsesiones que perseguirían hoy a su criatura.

¿Cuál sería la principal preocupación de Mafalda en 2014? La estupidez humana, seguro", arriesga Quino puesto una vez más a exhumar las ocurrencias de la pequeña de infancia eterna que dibujó por última vez un día de junio de 1973, seguramente ajeno a las especulaciones sobre el impacto que generaría esta muerte precoz con la que intentó sortear el devenir de los personajes gastados por el abuso de éxito.

50 años de MafaldaAsí de desprevenido fue el origen de esta pequeña inquisidora, que se publicó por primera vez en la revista Primera Plana el 29 de septiembre de 1964, con formato de tira pero con el objetivo encubierto de publicitar una línea de electrodomésticos de nombre Mansfield, lanzada por la firma Siam Di Tella.

Sin embargo, la historieta dejó muy pronto atrás su impronta capitalista -en tanto su origen está ligado a la lógica de consumo impuesta por este orden económico- para transformarse en un emblema anticapitalista que desde el humor objetó los déficits del sistema y retrató las tensiones de una sociedad pacata atravesada por prejuicios atávicos, librada a los desatinos políticos e inmersa en un clima de beligerancia impuesto por la guerra de Vietnam y el fantasma de la Guerra Fría.

No sólo eso: Mafalda, que fue traducida a 30 idiomas y lleva vendido en la Argentina más de 20 millones de ejemplares, se hizo fuerte en la representación de distintos arquetipos sociales consustanciales a los 70, desde el ama de casa confinada a la vida familiar y absolutamente indolente con las problemáticas del mundo exterior hasta la rebeldía multidireccionada de los jóvenes.

Militante incansable contra la injusticia, la hipocresía y la discriminación, la eterna rebelde supo resumir las contradicciones de la época: por un lado el descontento frente al rumbo de la economía pero al mismo tiempo la expectativa latente de un cambio social impulsado por los coletazos del Mayo francés y los movimientos revolucionarios que se replicaban por entonces en distintas regiones de América Latina.

"No me imagino cómo sería ella hoy. La dejé de dibujar y ya está. Si Susanita se hubiera casado con Felipe y ese tipo de historias... a mí jamás se me ocurren. Soy como un carpintero al que le gusta trabajar la madera, algunos muebles le salen mejor que otros, pero a todos los quiere igual", matiza por las dudas Quino tras una nueva embestida en la que el público da cuenta de su fervor, a la vez que -a veces subrepticiamente, otras no tanto- clama por prolongar las desventuras de la niña que se transformó en signo de los tiempos. De todos los tiempos.// ARG Noticias (COM)

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