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A pesar de que el águila es la reina de las aves, veloz como el rayo, con ojos que pueden descubrir las miserias humanas desde un kilómetro de altura, el cóndor es lo espectacular en el espacio. De una envergadura de alas entre los tres y cuatro metros, estatura de sesenta centímetros y un peso hasta de veinte kilos, la extraña criatura de los aires, resulta la soberana de las montañas. En ellas vive y en ellas anida. El farallón abismal es su ambiente y la roca azul de los picachos, su tumba. Y así como el picaflor parece una coquetería de la Naturaleza, el cóndor es la majestad de las alturas...

Se eleva sobre ellas y la cumbre nevada es el pedestal de su grandeza. No hay ave que inspire más hondamente la idea de la soberanía. El plumaje albo que le rodea el cuello es como el ritual armiño de los reyes y su cresta, como la corona. El cóndor tiene su familia dinástica. Son los "Mallcus", cóndores blancos que dominan los Andes. Durante sus festines al derredor de una pieza muerta, las comunes y gigantescas rapaces se abren en círculo respetuoso, cuando se posa el "Mallcu" y lo dejan comer solo, hasta que ahíto, este dominador toma altura y se pierde confundiéndose con las nubes.

Inaccesibles grutas de farallones cortados a pico y suspendidas sobre los abismos de los Andes, son los puntos estratégicos que los cóndores escogen para construir sus madrigueras. Su amor por los hijos -polluelos voraces pero silenciosos- desde que ingresan a la vida, resulta tierno, constante y tibio, porque empieza por el cuidado instintivo y admirable de los huevos durante su gestación y acaba el día en que los hijos pueden volar.

Y como el frío de las montañas a tan enormes alturas resulta contrario a la temperatura permanente y necesaria para el "empolle", los dos -macho y hembra- se turnan para conservar el calor del nido, con la proximidad de su sangre y de su vida. El cóndor libre de tal tarea, se ocupa de buscar la alimentación de su pareja, alimentación que siempre estará lejos, pastando en cumbres y altiplanos en forma de ovejas, cabras o vizcachas.

Cochabamba, BoliviaCumplida esa misión gastronómica, tomará para sí la de vigilar el nido posándose sobre un pico cercano, cual un centinela capaz de combatir y destruir a golpes de ala, pico y garras, a quien atentara contra la soledad de su cueva...

Y AHORA LA ANÉCDOTA...

Altas moles de granito y roca viva, unas frente a otras, forman la garganta geológica de Colcha, lecho pedregoso y sombrío del río "Arque". Durante las mañanas de un sol macilento de quebrada, sobre los picachos habrán de verse parejas de cóndores festoneando el cielo con su vuelo.

En las alturas de la citada garganta, en el frente más empinado de un farallón, dos jóvenes indígenas -cazadores de vizcachas- descubrieron cierto día, un nido de cóndores oculto en una grieta sobre abismos de cien metros de profundidad.

Dos cóndores -hembra y macho- hendían el aire, frente a la gruta emplumada, exhibiendo el poder de sus alas sobre la vertical caída del farallón.

Los cazadores, plenos de espíritu juvenil y aventurero, resolvieron subir hasta el nido y robarse los pichones. Y así, estudiada la estrategia del intento, alcanzaron la cumbre del farallón. Desde ese punto hasta la guarida, calcularon que habían doce a quince metros de severo plano vertical...

Espantado la pareja de cóndores, por medio de silbantes hondazos, ella se elevó por los aires como huyendo de los intrusos. Estos, con la ayuda de un largo y resistente "lazo" -implemento urgente de los montañeses- iniciaron la tentativa saliente de la roca. Consumado el rapto, el cazador de arriba, subiría lentamente a su compañero, dueño ya de los condorzuelos.

Cuando el primer cazador se hallaba balanceándose frente al nido, desde cuyo fondo lo miraban cuatro azorados ojos de niño, el cazador de la cumbre con pánica sorpresa y espanto, vio dos veloces y bronceadas saetas, abalanzarse sobre él y abrumarlo con terroríficos golpes de alas, demoledores choques de pecho y lacerantes picotazos en ojos y mejillas.

Desplomose entonces el joven indio y abatido, fue empujado al vacío, cayendo como un pelele hasta el fondo del abismo...

El otro cazador, sin la protección de la cumbre, suelto el lazo que lo mantenía colgado, cayó también como otro muñeco hasta toparse con la muerte...

Y aquellos dos cadáveres que en vida atentaron contra la soberanía de las alturas y el reinado de los cóndores, fueron por unos días la alimentación de la majestuosa y real familia de las montañas.// Opinión (BO)

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